"Laicos sembradores del Evangelio en el corazón de las familias"



TESTIMONIOS

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PAULA RIQUELME


Este verano tuve la gracia inmensa de vivir una de las experiencias más profundas y transformadoras de mi vida: ser anfitriona en el Congreso Internacional de Hijos de Hogares Nuevos, celebrado en Granada. Cada dos años, los hijos del movimiento tenemos la oportunidad de compartir, rezar, formarnos y celebrar juntos la alegría de ser parte de esta gran familia nacida del amor de Dios. Pero esta vez fue diferente. Esta vez el Señor nos regaló la oportunidad de acoger en nuestra tierra, en nuestra casa, a tantos hermanos venidos de países lejanos, con distintas culturas y acentos, pero con un mismo corazón encendido por Cristo y por María.

Desde el primer día, el ambiente se llenó de una alegría especial, esa alegría que no viene de lo humano, sino del Espíritu Santo. Ver a jóvenes de distintos lugares abrazarse como si se conocieran de toda la vida, cantar juntos, compartir sus testimonios y orar con tanta entrega fue algo que me marcó profundamente. En cada mirada, en cada gesto, se veía reflejado el rostro de Dios. Y entendí que la Iglesia, cuando se reúne en fraternidad y amor, es verdaderamente el rostro vivo de Cristo en la tierra.

Ser anfitriona fue, más que un servicio, una misión. No se trataba solo de recibir, organizar o acompañar, sino de abrir el corazón para que cada persona que llegara se sintiera en casa. Aprendí que cuando uno sirve desde el amor, el cansancio se transforma en gozo y el sacrificio en gracia. Cada momento, desde las oraciones de la mañana hasta las vigilias nocturnas, fue un encuentro con Dios vivo. Sentí que Él estaba en medio de nosotros, tejiendo lazos, sanando heridas, encendiendo vocaciones, y recordándonos que no somos hijos perdidos, sino hijos muy amados del Padre.

El lema de nuestro congreso, “María, Madre y Reina de todas las familias”, se hizo carne entre nosotros. María fue la que nos reunió, la que nos cuidó, la que nos enseñó a decir “sí” como ella. Bajo su manto, comprendí que somos parte de una familia más grande, que trasciende fronteras y lenguas, unida por la misma fe y el mismo amor a Cristo.

Después del congreso, tuvimos la gracia de participar en el Jubileo de los Jóvenes en Roma, donde nos encontramos con miles de jóvenes de todo el mundo y con el Santo Padre, el Papa León XIV. Estar allí, en el corazón de la Iglesia, fue una experiencia que aún me cuesta poner en palabras. Sentir la universalidad de la fe, ver cómo tantas vidas jóvenes buscan a Dios con sinceridad, escuchar las palabras del Papa invitándonos a ser testigos valientes del Evangelio… Todo eso me hizo comprender que el Señor nos llama a mucho más de lo que imaginamos. No somos espectadores: somos protagonistas de una historia de amor que Dios sigue escribiendo en su Iglesia.

Regresé a casa con el corazón lleno. Lleno de gratitud, de fe renovada, de esperanza viva. Entendí que no hay mayor alegría que servir a Cristo en los hermanos, y que el camino del Evangelio no es fácil, pero sí el más hermoso. En este congreso y en el jubileo, Dios me recordó que su amor es real, cercano y transformador.

Hoy, al mirar atrás, solo puedo decir: gracias, Señor, por permitirme ser testigo de tu amor entre los tuyos. Gracias por hacerme sentir parte de tu gran familia, Hogares Nuevos. Y gracias porque, una vez más, confirmas que Tú no eliges a los preparados, sino que preparas a los elegidos.

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