"Laicos sembradores del Evangelio en el corazón de las familias"
VII Campamento del Movimiento de Hijos en Granada
«Vive en lo alto»: así hemos vivido el VII Campamento de los Hijos de Hogares Nuevos
Del 9 al 12 de julio de 2026, treinta niños y sus monitores nos hemos reunido en la Casa de los Misioneros de la Alegría, en Quéntar (Granada), para descubrir juntos que, antes que cualquier etiqueta, cada uno es hijo de Dios.
Os escribimos todavía con el corazón lleno. Han sido cuatro días —del jueves 9 al domingo 12— en los que hemos comprobado, una vez más, que cuando se junta a un grupo de niños con ganas, unos monitores entregados y el Señor en el centro, pasan cosas que no caben en una crónica. Aun así, queremos compartir con toda la familia de Hogares Nuevos lo que hemos vivido.
El lema de este año, «Vive en lo alto», nos ha acompañado de la mañana a la noche. No como un eslogan, sino como una invitación muy concreta: levantar la mirada y descansar en lo que somos de verdad. El primer día hablamos de las «etiquetas», esas que otros nos ponen y que a veces hacen daño; y las pusimos, escritas en un papel, al pie de la cruz. Frente a ellas, la Palabra de Dios: «No temas, yo te he llamado por tu nombre, tú eres mío» (Isaías 43, 1). Sobre esa certeza —ser conocidos y amados por Dios antes de merecerlo— se construyó todo lo demás.
Cuatro equipos, una misma aventura
Los niños se repartieron en cuatro equipos, con nombres de los evangelistas: Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Cada uno vivió la temática adaptada a su edad, pero todos compartimos lo esencial: la oración de la mañana para empezar el día con Dios, los juegos y las veladas, los talleres, el servicio en las comidas por turnos y la oración de la noche para cerrar la jornada. Hubo tiempo para reír mucho, para hacer amigos nuevos y para el silencio; los mayores nos sorprendieron con la hondura de sus oraciones y los pequeños, con su alegría contagiosa.
El sábado, junto a la hoguera y bajo un cielo de estrellas, quemamos aquellas etiquetas que el primer día nos dolían. Fue un gesto sencillo y muy hondo: un signo de libertad. Mirando el cielo resonaba la promesa que Dios hizo a Abrahán: «Mira el cielo y cuenta las estrellas… así será tu descendencia» (Génesis 15, 5). Vivir en lo alto es, precisamente, eso: fiarse.
Dos Eucaristías para no olvidar
El corazón de estos días fueron dos celebraciones que llevaremos mucho tiempo en la memoria. La primera, el sábado, la vivimos en el río, en plena naturaleza: celebrar la Eucaristía con el agua y el monte alrededor fue una manera preciosa de descubrir que toda la creación es casa de Dios. La segunda, el domingo, en la clausura del campamento, ya con los padres y las familias, poniendo en manos del Señor todo lo vivido y agradeciéndolo juntos.
En ambas nos acompañó el Padre Juande Prieto Garralda, párroco de Nuestra Señora de la Anunciación de Maracena, que ha sido un verdadero regalo para este campamento. Tiene el don de aterrizar el Evangelio y hacerlo llegar a todas las edades: los más pequeños lo entendían y sonreían, y los mayores —y también los adultos— nos íbamos con una palabra que masticar. Gracias, Padre Juande, por tu cercanía y por ayudarnos a encontrarnos con Jesús.
Gracias
Gracias a los monitores, que se han dejado la piel día y noche; a los Misioneros de la Alegría, por acogernos en su casa de Quéntar; a las familias, que confiaron sus hijos y los prepararon con tanto cariño; y, sobre todo, a Dios, que ha sido el alma de estos días. Volvemos a casa con la certeza que resume el campamento: no somos lo que otros dicen de nosotros, somos hijos de Dios, y eso no nos lo quita nadie.
Que María, Reina de la Familia, guarde en el corazón de cada niño lo que el Señor ha sembrado estos días, para que siga creciendo en cada uno de nuestros hogares.
Los responsables del VII Campamento de los Hijos de Hogares Nuevos